Antonio's profileLas cosas de AntoinePhotosBlogListsMore Tools Help

Blog


    11/21/2009

    Visión de una "heroína del S. XX"...

     

     
    Las pelis dedicadas a glosar una biografía, por aquello de no poder crear mucho más de lo que venga basado en los hechos, han de enfrentarse con ciertas limitaciones. En ocasiones además, la peli es el último recorrido en el camino después de uno o varios libros e incluso de leyendas sobre el personaje que corren de boca en boca. Y cuando su metraje trata de cerrar el círculo, surgen las dudas, o incluso el hastío…
     
    A la peli que estos días se estrena sobre la vida de la aviadora Amelia Earhart le pasa todo esto y un poco más. Su trama es bastante fidedigna, o eso dicen, con la trayectoria de la aviadora. Y no se puede reprochar ni un ápice la interpretación tanto de Hilary Swank como la de Richard Gere, que están magistrales, porque además como complemento han sido fenomenalmente caracterizados a los protagonistas. Pero en el resultado final queda en parte la sensación de algo incompleto. Cuando se labra una biografía, siempre se trata de transmitir una lección moral o se propone algún tipo de componente ético que ha marcado la vida del protagonista, a veces por exceso o defecto, pero que al fin y al cabo nos lleva a la reflexión…
     
    En la vida de Earhart (al menos en cómo la cuenta esta película) parece que la lección moral reside en el mérito (indudable) de que en la machista sociedad americana de los años 20, una mujer se abriera paso en el mundillo de la aviación, que 80 años después también sigue siendo machista. Y en que forjara el futuro de un montón de mujeres que abrieron camino atraidas por su ejemplo. Quizás sólo por explicar eso la película ya valiera la pena. Pero en un toque feminista evidente, el director se marca el rumbo de mostrar además cómo un Richard Gere desconocido, el mismo tipo duro de “Oficial y caballero”, se imponga sumisión absoluta a los designios de Earhart, como si desde aquella película hasta esta, se cerrara el capítulo de su carrera. Earhart es la protagonista total porque vuela como nadie, se deja apuntar por los flashes, siempre tiene una buena respuesta para la prensa y además, alterna en la cama con Gere e Ewan McGregor. Ahí es nada…
     
    El toque de desafío constante e imprudencia de la aviadora, que al final le llevan hacia la catástrofe, son tratados de forma tangencial. Porque no pegarían con la independencia que mostró en cada paso. Su pretensión de volar por encima de todo y el trato místico con la tierra desde el cielo se imponen a cada posible objeción. Quienes están a su alrededor, incluido el hijo de Mc Gregor, que parece adorarla como una madre, quedan un poco como títeres. Y el final, con Richard Gere llorando desconsolado al borde de una playa, parece el de un triste cuento de hadas...
     
    La película resulta algo larga y sin embargo, pese a todo lo anterior, también recomendable, porque uno de los pasos necesarios hacia la igualdad es la visibilidad positiva de las mujeres que tuvieron algo de heroínas en la memoria. Otra cosa es que todo quede vacío a cambio de imponer sin tapujos el mensaje femenino de forma contundente. Y de que el amor sea tomado con cierto aroma flexible. Y de que las dudas parezcan un misterio más que errores o indecisiones reprochables. En todo caso, aunque sólo sea por la soberbia interpretación de tres actorazos en una misma cinta, la historia debe disfrutarse. Pero tampoco se mueran por hacerlo… 
    10/26/2009

    La profundidad vital de Woody Allen…

     

     
    Quien le iba a decir a Ismael Serrano cuando giró en su “principio de incertidumbre” el mensaje de todo un disco, que hasta el propio Woody Allen iba a utilizar el mismo teorema para lanzar uno de los principales mensajes de sus películas. Expresado en corcheas, como lo hizo Ismael, o en una película maravillosa, como lo hace Allen, el mensaje que encierra esa teoría tan abierta es capaz de hacer grande cualquier aspecto, incluso aunque se pretenda deliberadamente superficial. Nada es en sí lo que sucede, sino lo que siente el observador cuando lo mira. Nada transcurre de un modo objetivo, sino con el ojo indeleble que le transmitimos al sentirlo. Y a la cabeza de todo ello, como absoluto “tete de la course”, como magia máxima de lo inalcanzable y realmente incontrolable, como expresión absoluta de un sueño que buscamos y al que renunciamos según propia conveniencia, anda el Amor…
     
    Woody Allen forja de modo brillante una película entregada , cuyo título suena mucho mejor en inglés (“whatever works…”) que en castellano (“Si la cosa funciona”), pero que en todo caso renueva las virtudes por las que hasta el infinito será un genio. Quizás contagiado por la sensación de que su joven esposa un día le abandone, o tal vez por la de volverse cascarrabias, egocéntrico y narcisista como el execrable Boris, Allen consigue una película llena de matices vitales. Nada cambia en lo esencial. Siempre hay como fondo un gran mensaje de contundencia, siempre una conjunción surrealista de hechos y siempre toneladas de humor y agilidad en los diálogos para mantener la viveza. Siempre muchos personajes, siempre giros inesperados y siempre, sensación de eternidad…
     
    Allen no hace películas taquilleras. O al menos no sólo forja taquillazos al rodarlas… Da la sensación, a más a más, de que rodar es su propia psicología para liberar angustias, aunque al hacerlo nos las transmita a los demás… Porque cómo no enternecerse con ese Boris que cuando estaba dispuesto a renunciar, renace de sus cenizas tras cada intento de suicidio. Cómo no simpatizar con esa chica de buen ver cuya virtud de mirar la vida con gigantesca sencillez a ratos también parece un defecto. Cómo no quedarse atónito por la transformación radical de personalidad de los padres, que pasan “del ying al yan” y parecen descubrir la felicidad al hacerlo. Cómo no sentir cierto reconocimiento en los personajes deformados, que lo están para que nos compadezcamos de ellos aunque en el fondo sintamos su esencia. Todo forma parte de un calculado plan para hablar de amor, miseria y renacer sin caer en la cursilería. Todo para sonreir y conmovernos sin sentir cansancio en hora y media. Para reencontrarnos cobijados en el fondo de saco del alma…
     
    Al final, tras el mensaje disgregado, vuelve la sensación inicial: vivimos en un mundo que buscamos controlar incluso cuando nos declaramos anarquistas. Luchamos por cierto orden ignorando que resulta imposible lograrlo. Y no por las sorpresas o la rutina. No por la presión o por nuestra propia angustia... Es imposible porque hay dos principios, el de incertidumbre y el del azar, que sin timonel y con una sonrisa en los labios, gobiernan nuestro destino. El inefable Boris, calvo, hipocondriaco e infeliz, se deja llevar por ellos y acaba dándonos una lección producto de la genialidad de Woody Allen, que refrenda las razones por las que en mi admirada Asturias se rinde homenaje con una estatua a su trayectoria, que en definitiva son las mismas que le hacen el mejor Director de Cine contemporáneo… 
    9/27/2009

    Shakespeare también rima en vasco

     

     
    Con su talante transgresor, Albert Boadella se ha lanzado a dotar al carísimo Teatro del Canal de una programación capaz de atraer un público nuevo a esa suerte de mausoleo. Este mes la apuesta se hace por el “Sueño de una noche de verano” de Shakespeare, versionado en libre interpretación. Precaución siempre con las versiones modernas, que si ilusionan y están bien pensadas, como la que hizo a Helena Pimenta Premio Nacional de Teatro hace 16 años, son una delicia al añadir, como hace esta, una curiosa idea de la España Autonómica.
     
    Ya se sabe lo que ofrece Shakespeare hace siglos y su capacidad virtuosa de alcanzar las aristas que recorren el amor. Nadie como él para mostrar su profundidad ni para enfocar de manera tan estremecedora su pálpito sordido y capacidad de transformarse en inmundicia. El “Sueño de una noche de verano” es un buen ejemplo. Quizás el mejor, porque no lo hace al modo deformado de “Hamlet”, sino de forma estudiada, hasta el punto de que el espectador adivina en lugar de lamentarse. En ese ejercicio, Shakesperare pinta un enredo amoroso en la Grecia ateniense en el que los personajes son dominados sin saberlo por extrañas pócimas que administran duendes y hadas del bosque. Así se pensó el choque entre el mundo real y el de los sueños. Y el juego de Pimenta consiste en añadir una “camarilla” anacrónica de actores que se preparan para representar ante Omerón mientras mezclan centos autómicos. ¿Tiene sentido que catalanes, vascos, gallegos, polacos y una tal Rocío entren a escena para sacudir el concepto que Shakespeare forjó con sutilidad…? Créanlo. Lo es…
     
    En la representación, destaca también otro detalle: el de representar 3 historias diferentes, aunque de mismo nexo, con un decorado tan pretendidamente escaso. Para much@s seguramente ese sea además el gran mérito. En la vida se ha visto que 6 paneles de corcho con ruedas, dos recipientes con agua, una manta y unos dardos con flores de papel como ribete, den para tanto. Pero si el juego de luces es capaz de desviar los ojos del espectador y si los actores saben moverse por el escenario engañando en su transformismo y finura, puede hacerse. 18 personajes, 6 artistas, luces amplias y coreografías suaves y místicas colaboran para ello…
     
    La versión de este “Sueño…” se ha estrenado este fin de semana y el sábado el teatro estaba lleno. Los últimos 20 minutos, realmente desternillantes y con un toque surrealista, hicieron que el público aplaudiera sin descanso. El toque interactivo, la sensación de ironía aleccionadora y el punto de sainete moralista tan español que la Pimenta le ha transmitido al resultado, convierten la obra en un rato gratificante. Alguien me decía el otro día que Madrid no debiera tener ningún complejo a la hora de comparar su oferta teatral con la de otras ciudades que nos deslumbran. Porque ya tenemos sus musicales y sus obras modernas; nos superamos en las adaptaciones y poco a poco nacen estas versiones reintroducidas de algunos clásicos que, dotadas de una hábil capacidad de cercanía, resultan brillantes. Albert Boadella, con su valentía y atrevimiento, ha acertado rescatando esto que fue premiado hace no tanto y cuya genialidad queda patente. Unos ojazos me convencieron para estar allí y para algo más. Qué bueno dejarme llevar… 
    7/27/2009

    Reflexiones sobre "Ex"...

     

     
    El guionista de “Love actually” repite versión en una película coral dirigida por un italiano a la que ha dado el sugerente título de “Ex”. Para crear el “remake” no se ha retorcido mucho las meninges. Si “Love actually” comenzaba con aquella escena de los abrazos en el aeropuerto, finalizaba del mismo modo y ahondaba en los problemas personales y familiares, esta propuesta se ofrece similar, aunque si acaso con un tono más ácido y desgarrado, como si quisiera quitarle la flema británica a la cosa y añadirle un punto de ibérica pasión…
     
    El resultado es un cúmulo de dudas tras dos horas trepidantes. Son tantas las situaciones, los personajes y las oportunidades de reconocernos, que resulta difícil no salir del cine con cuestiones revoloteando. Si en la versión británica la certeza de que el Amor puede triunfar era tajante, en este caso también se ofrece la cómoda conclusión para quien se niegue a dolores. Pero me temo, en mi obsesiva manera de analizar detalles, que en este caso lo que se pulveriza de verdad es el desamor. Y como cualquiera nos hemos llevado un chasco, nos hemos desarmado o simplemente, hemos perdido alguna vez la pasión que tuvimos, podemos identificarnos en un sentimiento mucho más profundo y abismal…
     
    La película, casi sin querer, deja la esencia de que el Amor no dura toda la vida, pero el desamor siempre queda. De hecho, permanece para recordarnos que alguna vez fue Amor y para estar al quite en uno de esos días en que nuestras defensas andan bajas. Las personas podemos dejar de recordar lo que fue aquel Amor, guardar recuerdos mínimos o resumir demasiado un Amor hasta el punto de disminuir su efecto devastador en el alma. Pero el desamor nunca se marcha. Podemos olvidar sin problemas lo que nos atrajo de alguien, pero jamás olvidaremos por qué terminó. Podemos certificar con detalles cómo fue el momento en que caimos en las redes del Amor, pero a la hora de radiar el desamor, regateamos la dureza de la culpa…
     
    Paralelo a todo ello, y por no ser muy “moñas”, llama la atención el brillante semestre que estamos viviendo de cine europeo. En pocas semanas se han estrenado en cartelera varias películas francesas con tirón y gran fondo. Y ahora llega esta versión de Brizzi tan bien cuidada y conseguida, aunque sólo sea un “remake” con aroma de spaguetti. Siento que en esta bacanal no haya acompañado ninguna película española, porque lo cierto es que al público no se le puede acusar de saber elegir. “Ex” ha recaudado en Italia más de 12 millones de euros, y “Lol” en Francia se ha quedado al borde de igualar lo recaudado por “Amelie” e incluso anduvo cerca de obtener lo mismo que el “Cyrano” de Rappeneau, una película inolvidable…
     
    Parece tan difícil hacer un guión con el desamor de fondo, que el público necesita dos argumentos para digerirlo. El primero, que al final parezca que triunfa el Amor, aunque se quiera mostrar lo contrario. Y segundo, envolverlo todo con cuidadas dosis de ironía a modo de imprescindible “almax” en el metraje. En todo caso, preguntarse por el desamor es siempre una empresa difícil. Y al hacerlo hay que cuidarlo absolutamente todo. También las canciones de la banda sonora, como ésta de James Blunt sencillante fantástica, que ilustra con hondura una historia sobre sentimientos lejanos en lucha con la lejanía de los sentimientos. Os la ofrezco por su maestría. Y también para que las corcheas ahoguen el lamento de la memoria…
     
        
    7/12/2009

    La cobardía, irremediable...

     

     
    La tristeza, el Amor, los deseos, los combates cotidianos, parecen fáciles de llevar al celuloide. Basta con darles un enfoque decidido, empeñarse en él y retratarlo en defensa hasta el infinito, como si nuestra visión aportara todo el prisma. Pero existen reflejos casi imposibles de afrontar si no hay decisión o una firme oportunidad. Y uno de los más difíciles es la cobardía, un sentimiento contrapuesto, encerrado entre tantos otros e irresoluble mientras el mundo mantenga sus coordenadas…
     
    Mr. Corbacho, ese tipo al que vemos bromear con cara seria junto a Buenafuente y que durante cierto tiempo grababa un programa de éxito en A3 TV, se atrevió hace un año a hacerlo y completa en el empeño una brillante obra con mil maneras de interpretarse. Corbacho logró forjarlo tras esa experiencia multirracial de “Tapas”, una peli en que el mundo se ofrecía desde la vista de unos ojos de barrio. Y animado por el éxito de taquilla, se atrevió a llegar más lejos. Curiosamente, hablando de la cobardía fue valiente, porque no hay nada como hacer frente a un sentimiento nocivo justo presentándole a su peor enemigo y afrontándolo como desafío…
     
    “Cobardes” es una película áspera y capaz de crear múltiples sensaciones. Por un lado, está la propia historia del chaval acosado por unos compañeros que no cejan a la hora de amargarle el camino. Por otro, el de la vida cotidiana de dos matrimonios sumidos en la abulia, que como sensación no se aleja demasiado de la tratada en la película. Y como remate, ese pizzero mafioso que a la postre es el único que percibe la realidad y ofrece una solución desesperada, quizás la única posible, al adolescente protagonista…
     
    La cobardía no es sino una mezcla de miedos que dominan el pensamiento. Un chantaje injusto que puede venir del exterior, pero que a priori, antes de que nos golpee, parte de nosotros. La cobardía es lo que nos queda cuando ya no hay nada más a lo que aferrarse como consuelo. La espoleta que nos carga de razones para defender nuestro sueño y conciencia. Lo único posible cuando lo que un día definimos parece a punto de fragmentarse para siempre. El destello final… El sudor frío que se arroja como el espíritu de un fantasma al que alguna vez traicionamos…
     
    La cobardía no escapa a la expresión que nos identifica como personas perdidas. La carrera hacia el abismo que alguna vez no tenemos más remedio que emprender. Salazón de un plato dulce que nos desconcierta. Salfumán contra la indigestión mezclado con gotas de veneno para enturbiarnos. Corbacho lo muestra en imágenes, aunque al acabar, deje el final abierto como una expresión de sus dudas, que son las de cualquiera y las de la realidad que trata de asolarnos…
     
    Existen oportunidades para demostrar que ante situaciones límite, cualquiera puede ser insolidario y cobarde. No hace falta sentirnos acosados, aunque estarlo sea una espoleta. Y no hace falta que en el fondo cada paso sea un gesto que nos delata. Yo prefiero dejar la ventana entreabierta pensando que merece la pena ser cobardes si en el camino hallamos razones para la libertad, pero resulta difícil de creer. Ni siquiera en horas como estas, en que la madrugada nos cobija y compadece… 
    5/13/2009

    Una película, recuerdos, una canción…

     

     
    No lo dudes ni un segundo. Esta noche también te echaré de menos. No ha habido una sola en que no lo haya hecho. Ni una de ellas sin recordarte desde que todo terminó. Ni una sin que los instantes hayan empujado con fuerza hasta el fondo del corazón y se hayan metido hasta lo más hondo de mí para recordarme, sencillamente, que nunca te has ido. Por muchos esfuerzos que hagas y mucho que intentes evitarme, sigues aquí presente, mágica en un recuerdo que no se quiere marchar jamás y que no piensa renunciar a ti…
     
    No lo dudes un segundo, tu partida no sirve para nada porque te has quedado. No escribes esas cartas diciéndome que seguiremos siendo parte el uno del otro, pero las que me llegan cada madrugada llevan tu puño y letra, directamente desde tus sensaciones, que son las que compartimos y las que sigo albergando encantado sin importarme nada que murieras terminando aquel verano…
     
    No lo dudes nunca más, porque aunque no quieras venir, tus pasos siguen siendo los míos. Aunque pusieras tierra de por medio y los recelos cada vez te comieran más por dentro, en lo más profundo del sentimiento estás, estoy, estamos juntos. Nadie ha pedido una segunda oportunidad y si la hiciéramos real perderíamos esto, que es 100 veces más bonito y auténtico. Por eso prefiero que mi alma se quede sin necesitar saber lo que comiste hoy, lo que cenarás mañana, lo cansada que llegaste del trabajo. No quiero, no me hace falta… Ahora cuando llegas de noche con tu mejor sonrisa, lo haces pura, intensa, eterna y redonda. Sin pedir cuentas de nada…
     
    No lo dudes, aunque un nuevo Leonardo Da Vinci resista tus embates, aguante sin cansarse y te fabrique unas alas para que vueles alejándote de todo, las corrientes, las mareas, el destino y el batir de las alas te dejarán junto a mi cama en cada minuto. Un día me iré y entonces saldrán estas y otras cartas, y tal vez llores pensando en que fueron muchos instantes jalonados en un triste adiós. Pero no te recordaré así, con lágrimas, sino con la felicidad que nos embargó y que aunque no lo creas, aún perdura. La que nos espera cada noche haciéndose colores…
     
    Lo quieras o no, tú eres Gerry y yo Holly. Me escapo a los prados del jardín de colores confiando en que detrás de la próxima colina algo hará que aparezcas Y aunque no sea así, me recuesto inmenso creyendo en el milagro y mañana me levantaré resignado esperando a que pase un día eterno y la noche dé paso a la opcion de recordarte. Vendrán momentos, personas, ataques de ira, desamparo, el sombrío descaro de las canas anticipándose demasiado. Y tú no habrás crecido, ni perderás un ápice de lo que aquel entonces resistió el olvido.
     
    Tú crees que el daño es irreparable. Yo hace tiempo me curé. No he de volver porque nunca me he ido…
     
    Os dejo una canción maravillosa de James Blunt sobre el verdadero Amor que nunca deja de latir y sobre esas segundas oportunidades que tantas veces no estamos seguros si merece la pena anhelar…
     
      
    2/21/2009

    El espíritu de la 203...

     

     
    Se pueden cambiar viejos hábitos cuyo efecto pernicioso nos lastra y convierte en huraños y podemos cambiar las cosas si realmente lo deseamos. Se lo escuché a mi buen B(M)erlín cuando recibió el Premio Ondas, citando aquella frase que creo es de Rabrindanath Tagore: “La mejor venganza contra la oscuridad es encender la luz de una vela…”. El problema para ello es encontrar la mecha, o ser tan torpes como para no darnos cuenta de que está ahí cerca, al lado de la pantalla, junto al mechero o la cerilla que la prenderá. Los viejos hábitos pueden morir rápido si realmente lo deseas. Quizás sólo haga falta para ello una espoleta… O un motivo forjado en lo más hondo, como el que encontraron los “freedom writters” de la clase 203. Si ellos pudieron y nos lo cuentan orgullosos, ¿por qué no intentarlo…?
     
    Hay una película que puede ayudarnos a dar el primer paso. La que habla de los “Diarios de la Calle” y ha producido y protagonizado Hillary Swank, que últimamente se ha dado a los papeles difíciles, siguiendo en cierta forma la estela de Jodie Foster. En ella nos cuentan una histora real, que también ha sido hecha libro, de un grupo de estudiantes de todas las razas que acaba hermanándose espoleado por una profesora que merece la pena. Ha habido historias así siempre, con sus correspondientes antagonistas como esas otras que nos cuentan el cruce de cables de chavales que se lían a escopetazos en sus institutos. De unas y otras cabe recoger lecciones, aunque lo bueno de las contadas en positivo es que nos conmueven y agarrotan el alma. Y en ese estado, surgen los mejores propósitos…
     
    En el alfeizar de cada ventana, en cada almohada y en cada lecho, florecen y se marchitan cada noche decenas de historias que pudieron haber sido felices si un montón de prejuicios no las hubieran anulado y se hubieran adueñado de su destino. Así pasen 12 años, el miedo a mirar a los ojos, a que el de enfrente rescate los errores para echárnoslos en cara o a que ni siquiera haga falta eso porque ya se encarga nuestro propio miedo de hacerlo, se instala y derruye el empeño.
     
    Frente a ello, sólo el tesón, el esfuerzo, una pizca de perspicacia y una gran dosis del espíritu del aula 203 pueden salvarnos. Fabricándolo, el personaje que encarna Swank se gana poco a poco a chavales que al llegar sólo le daban una semana aguantando entre ellos. Chavales cuya vida tenía perspectivas convertidas en callejones sin salida que cambiaron cuando alguien como tú y yo tuvo a bien lanzarles un salvavidas. Futuros que eran inciertos hasta que dejaron a un lado los recelos y empezaron a mirarse a los ojos. Dudas de carne y hueso, abigarradas en cada golpe fugaz de destino, que dejaron de serlo sencillamente porque alguien se acercó y estuvo dispuesto a hacer frente común al problema…
     
    El espíritu del Aula 203 para todo ello, para que las viejas costumbres se rescaten mientras los hábitos que visten nuestro desaire queden para siempre en el olvido. La 203 para encontrar el tesón y el valor que en las horas anteriores no se aparece de ningun modo. La 203 para desafiar la cuenta atrás sin que cada instante nos sobrecoja acelerados. El espíritu de la 203, aunque sólo sea para poder hallar ventanas abiertas a la esperanza cuanto toque releer estas palabras…