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4/22/2008 Órdago a la grande de Joaquín Guzmán...Se llama Rockola.fm. Y es el nuevo proyecto del Maestro Joaquín Guzmán. Hace algo más de un año me lo contó en su preciosa terraza de aires parisinos, que también es su estudio de radio, su oficina, su huerto, su sala de reuniones, su retiro espiritual y cien mil cosas más. Lo que pasa es que el Maestro es discreto y no quería ser gafe, así que como Richelieu, cambiaba un verso de cada cuatro, quizás para reservarse el toque final. La idea era justo lo que ahora puedes encontrar, una radio interactiva de verdad en la que puedes elegirlo todo. Desde el estilo de música, hasta el idioma, hasta la época que prefieres que suene. E incluso decirle al sistema cómo andas de ánimo al conectarte para que la cosa funcione justo como deseas.
Guzmán, que tiene su gramola reluciente, ha ideado un sistema para que escuches justo lo que pides. Adiós a “los 40” y al modelo anquilosado de locutores que te marean con estereotipos. Adiós a quienes barnizan lo antiguo y lo hacen pasar por una revolución. Adiós a la música que domestica a los oyentes. Goodbye al siglo XXI. Guzmán ha entrado de golpe en el siguiente…
Me cuesta adivinar si Guzmán es más visionario que valiente; si es más lanzado que atrevido; si es más dúctil que salado, o si en su sangre hierve desde siempre un estallido de buenas ideas. Me cuesta no creer que Guzmán fue raptado por el demonio y acabó convirtiéndolo en San Isidro, que no tiene un pacto de amor propio para volver a seducir como aquel entonces, o que en su huerto no crece escondida la flor que germina el talento. Me cuesta no admirarle tanto como persona sabiendo que es un formidable periodista; me cuesta no lanzarme a averiguar cómo siendo tan buen periodista, además se puede ser tan buena persona. Intuyo que le ganó una partida a Quevedo aquel día que le ofrecieron una flor o una Rosa y se quedó con las dos. Y que secretamente piensa a velocidad de la luz mientras madura proyectos brillantes, aunque lo brillante es que siempre se sitúa a la altura del oyente para derrapar con él si hace falta, o para lanzar su salvavidas con frases geniales.
Guzmán se asoma entre los juncos de la selva con pinturas de guerra y el ejército de canciones rearmado hasta los dientes. Es un ejército sin balas, a no ser que las buenas propuestas actúen como tales, o que como tales las sufran los “prometedores” directivos de radiofórmulas que cobran un dineral y jamás han tenido ideas como Rockola.
No es prepotencia, sino paciencia, la que le ha hecho aguardar el momento al Maestro, que regresa después de haber analizado cada paso mientras sabía que, tan joven y tan viejo, le quedaba cuerda para rato. Guzmán no dice una palabra de más, pero sus propuestas son todo un discurso de evidencia en los hechos. No salta adornándose con perfumes caros, porque sabe que, a la larga, el precio de las discográficas es una curva que tiende a cero. Guzmán ha ideado una gran propuesta, descarada, atractiva, esperanzadora y maravillosa. Y lo mejor de todo, completamente libre…
Seguro que costará que en revistas y otras anatomías del mundillo se oiga y hable de Rockola. Pero no hay problema, porque el Maestro lo tiene todo calculado. El pasado es ya casi una sonrisa para él. El presente, golpe de carcajadas. Y el futuro, una suerte de venganza dulce sin heridos. Ha llegado la primavera Maestro Guzmán. Lo dicen las flores, los suspiros que adornan la estación, los torpes poemas que forjan imberbes adolescentes y tu Rockola refulgente. Lo dice la magia que te adorna, la que ya acerca su miel, las fracturas curadas y el penacho de triunfos que se te cierne. Enhorabuena amigo mío. Hasta donde haga falta, abriremos trincheras…
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