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10/26/2009 La profundidad vital de Woody Allen…Quien le iba a decir a Ismael Serrano cuando giró en su “principio de incertidumbre” el mensaje de todo un disco, que hasta el propio Woody Allen iba a utilizar el mismo teorema para lanzar uno de los principales mensajes de sus películas. Expresado en corcheas, como lo hizo Ismael, o en una película maravillosa, como lo hace Allen, el mensaje que encierra esa teoría tan abierta es capaz de hacer grande cualquier aspecto, incluso aunque se pretenda deliberadamente superficial. Nada es en sí lo que sucede, sino lo que siente el observador cuando lo mira. Nada transcurre de un modo objetivo, sino con el ojo indeleble que le transmitimos al sentirlo. Y a la cabeza de todo ello, como absoluto “tete de la course”, como magia máxima de lo inalcanzable y realmente incontrolable, como expresión absoluta de un sueño que buscamos y al que renunciamos según propia conveniencia, anda el Amor…
Woody Allen forja de modo brillante una película entregada , cuyo título suena mucho mejor en inglés (“whatever works…”) que en castellano (“Si la cosa funciona”), pero que en todo caso renueva las virtudes por las que hasta el infinito será un genio. Quizás contagiado por la sensación de que su joven esposa un día le abandone, o tal vez por la de volverse cascarrabias, egocéntrico y narcisista como el execrable Boris, Allen consigue una película llena de matices vitales. Nada cambia en lo esencial. Siempre hay como fondo un gran mensaje de contundencia, siempre una conjunción surrealista de hechos y siempre toneladas de humor y agilidad en los diálogos para mantener la viveza. Siempre muchos personajes, siempre giros inesperados y siempre, sensación de eternidad…
Allen no hace películas taquilleras. O al menos no sólo forja taquillazos al rodarlas… Da la sensación, a más a más, de que rodar es su propia psicología para liberar angustias, aunque al hacerlo nos las transmita a los demás… Porque cómo no enternecerse con ese Boris que cuando estaba dispuesto a renunciar, renace de sus cenizas tras cada intento de suicidio. Cómo no simpatizar con esa chica de buen ver cuya virtud de mirar la vida con gigantesca sencillez a ratos también parece un defecto. Cómo no quedarse atónito por la transformación radical de personalidad de los padres, que pasan “del ying al yan” y parecen descubrir la felicidad al hacerlo. Cómo no sentir cierto reconocimiento en los personajes deformados, que lo están para que nos compadezcamos de ellos aunque en el fondo sintamos su esencia. Todo forma parte de un calculado plan para hablar de amor, miseria y renacer sin caer en la cursilería. Todo para sonreir y conmovernos sin sentir cansancio en hora y media. Para reencontrarnos cobijados en el fondo de saco del alma…
Al final, tras el mensaje disgregado, vuelve la sensación inicial: vivimos en un mundo que buscamos controlar incluso cuando nos declaramos anarquistas. Luchamos por cierto orden ignorando que resulta imposible lograrlo. Y no por las sorpresas o la rutina. No por la presión o por nuestra propia angustia... Es imposible porque hay dos principios, el de incertidumbre y el del azar, que sin timonel y con una sonrisa en los labios, gobiernan nuestro destino. El inefable Boris, calvo, hipocondriaco e infeliz, se deja llevar por ellos y acaba dándonos una lección producto de la genialidad de Woody Allen, que refrenda las razones por las que en mi admirada Asturias se rinde homenaje con una estatua a su trayectoria, que en definitiva son las mismas que le hacen el mejor Director de Cine contemporáneo… Comments (1)
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